EL AGUIJÓN
EL
REMATE DE VENEZUELA.
Por: Arturo
Molina.
La crisis política, económica y
social que atraviesa Venezuela se agudiza cada día, sumergiendo a la nación en
una espiral que lastima profundamente a quienes la vivimos. Observamos con
dolor cómo el territorio y nuestros recursos naturales se han convertido en
piezas de un tablero geopolítico. La innegable apropiación de estas riquezas
por parte de potencias extranjeras, facilitada abiertamente por quienes ejercen
funciones de encargaduría en los poderes ejecutivo y legislativo, evidencia
cómo el tutelaje impulsado desde Estados Unidos —bajo intereses políticos
internos y cálculos electorales de término medio para la elección de su
Congreso— utiliza la vulnerabilidad de nuestra nación. Crecer y buscar
hegemonía a expensas de la expoliación de las riquezas de otro país jamás será
un indicativo saludable para el futuro del mundo ni para la dignidad de un
pueblo.
Esa voracidad extractivista no
distingue colores partidistas; tanto el oficialismo como el interinato tutelado
han demostrado compartir la misma visión mercantilista sobre la nación. Esto
tiene una manifestación palpable y desgarradora en nuestra geografía. La
reciente alerta emitida por la organización SOS Orinoco sobre la operación de
una nueva mina ilegal de 5,8 hectáreas en el corazón del Parque Nacional
Canaima no es solo una tragedia ecológica; es el síntoma de una enfermedad
mucho más profunda que carcome los cimientos de la república. Esta herida
abierta, que vierte sedimentos y mercurio hacia el embalse de Guri, amenazando
directamente la columna vertebral de nuestro sistema eléctrico, es la
materialización del despojo que ya habíamos advertido en reflexiones pasadas
como "Ecocidio y soberanía" (2019) y "La tierra de todos el
negocio de pocos" (2026).
Durante años hemos denunciado
cómo el saqueo florece bajo la mirada complaciente de las autoridades. Ayer,
nuestros espacios naturales y riquezas fueron hipotecados a la influencia de
Cuba, Rusia, Irán y grupos irregulares. Hoy, la historia se repite bajo nuevos
tutelajes, manteniendo intacta la estructura de sumisión. La inaudita entrega
de más de 65.000 millones de reservas probadas de petróleo venezolano al
gobierno de los Estados Unidos, comprometidas por un lapso de 100 años, es la
prueba de que quienes han asumido liderazgos interinos actúan bajo un mandato
que compromete la soberanía. Resulta condenable la actitud de aquellos actores
políticos que aplauden esta pérdida, celebrando operaciones foráneas en nuestro
suelo sin exigir rendición de cuentas.
Quienes en su momento
advirtieron que los intereses extranjeros venían realmente por nuestros
recursos naturales, fueron marginados y vilipendiados. Se les atacó con la
intención de fulminarlos con el desprecio público. Este fue el caso de
dirigentes como Claudio Fermín, quien expresó con absoluta certeza lo que hoy
está aconteciendo a la vista de todos. Quienes alzaron su voz frente a este
nuevo entreguismo sufrieron el mismo escarnio y la misma ceguera colectiva que
en su época enfrentó el expresidente Carlos Andrés Pérez, al pronosticar con
exactitud la debacle que traería consigo el arribo al poder del extinto Hugo
Chávez. Lamentablemente, la inmediatez y el odio nublaron el raciocinio,
empujando a buena parte del país hacia una ilusión que hoy se cobra en pérdida
de territorio e independencia.
La perversión de este modelo es
tan profunda que ha logrado fracturar incluso a nuestras comunidades
aborígenes, empujando a algunos de sus miembros a participar en la destrucción
de su propio hogar ancestral por pura supervivencia. Cuesta entender cómo se
siguen tolerando las mismas irregularidades mientras algunos repiten por
inercia la narrativa de que "el ganador se lleva el botín". Cambian
las banderas, pero el despojo de la nación continúa, transformando a nuestra
otrora república en un espacio donde el ciudadano venezolano es quien termina
pagando las nefastas consecuencias del colapso de nuestros ecosistemas.
Ante esta realidad, no podemos
guardar un silencio cómplice ni quedarnos en el lamento estéril. Para detener
este ciclo destructivo y articular el progreso con respeto hacia nuestro
hábitat, es imperativo establecer un Plan de Entendimiento Nacional que promueva
una cooperación internacional sin sumisión. El aprovechamiento de nuestros
recursos debe ser estrictamente ético y legal, garantizando que la preservación
biocultural sea innegociable.
Pero este plan no puede ser una
simple abstracción; requiere de una organización real y palpable de la sociedad
civil. Es aquí donde urge consolidar y multiplicar los Espacios de Encuentro Ciudadano, plataformas de
participación comunitaria donde la academia, los sectores productivos y los
ciudadanos de a pie asuman el control de su destino y construyan soluciones al
margen de la polarización. Recuperar Canaima, proteger el Guri y salvaguardar
nuestro futuro pasa por entender que Venezuela es de los venezolanos. No
podemos callarnos ante el abuso; a través de estos espacios cívicos seguiremos
reclamando, con inquebrantable dignidad, nuestro derecho irrenunciable a ser un
país verdaderamente libre y soberano.
Arturo Molina
@jarturomolina1
www.jarturomolina1.blogspot.com
jarturomolina@gmail.com
