EL AGUIJÓN
EL LINCHAMIENTO DIGITAL
LA
DEGRADACIÓN DE LA POLÍTICA Y EL NEGOCIO DEL ENGAÑO.
Por: Arturo Molina.
Cuando una sociedad pierde sus
contrapesos institucionales y los partidos dejan de formar dirigentes sobre la
base de ideas y el debate, la política pierde su razón de ser. Ya no se discute
para convencer ni se compite para construir: se descalifica para silenciar. En
la Venezuela de hoy, el linchamiento digital se ha convertido en el método
predilecto para transformar la diferencia en traición, fabricar enemigos a la
medida y sostener una confrontación permanente que solo sirve para encubrir los
errores de quienes la activan.
El mecanismo es tan predecible
como perverso: basta que alguien piense por cuenta propia, cuestione una línea
de acción o plantee una pregunta incómoda, para que se desate la maquinaria del
descrédito. Frases sacadas de contexto, etiquetas infamantes y sospechas
automáticas sustituyen al argumento. Quien no repite al pie de la letra el
libreto de turno es sentenciado como claudicante. Esta práctica no busca
persuadir, sino disciplinar; no debate ideas, sino que infunde miedo para
castigar el pensamiento libre. Una dirigencia que responde al reclamo con la
aniquilación moral del reclamante demuestra que le teme más a la verdad que a
sus propios fracasos.
Es incuestionable que el país
exige una transformación profunda de sus instituciones, hoy señaladas por
amplios sectores debido a su falta de independencia. Sin embargo, utilizar ese
legítimo reclamo de cambio para evadir el análisis responsable o descalificar a
quien propone vías alternativas es una estafa. No todo reparo es una
deslealtad, ni toda objeción un ataque. Condenar primero y averiguar después
solo profundiza la fractura social y prolonga la parálisis. Defender el derecho
de los venezolanos a conocer la verdad también pasa por respetar su derecho a
examinar la realidad, y de preguntar y formarse un criterio propio sin ser
marcado con el estigma del enemigo.
Durante años se alimentó la
ilusión de que gestiones en el tablero internacional resolverían por arte de
magia la tragedia venezolana. El tiempo pasó, las expectativas no se cumplieron
y el país sigue atrapado en una emergencia que no da tregua. Mientras tanto,
sectores políticos se enfrascan en disputas estériles por espacios de poder,
hasta desembocar en conversaciones y reacomodos que contradicen muchas de sus
viejas consignas. Frente a esto, cabe una pregunta ineludible: ¿qué logramos
tras años de atajos, abstención y dependencia de factores externos, descuidando
el trabajo de base, la participación ciudadana y la reconstrucción
institucional? Exigir este balance no es claudicar; es un acto elemental de
madurez cívica. Ninguna estrategia política es una creencia sagrada: si los
hechos demuestran su ineficacia, la obligación ética es rectificarla.
Esa rectificación exige
comprender que ninguna potencia extranjera vendrá a resolver lo que los propios
venezolanos no seamos capaces de dirimir políticamente. Estados Unidos, Rusia,
China o cualquier otra potencia defienden sus propios intereses geopolíticos;
así funciona el mundo. Buscar respaldo o atraer inversiones es legítimo y
necesario, pero jamás a costa de hipotecar la soberanía ni delegar el destino
nacional. La misma sensatez debe imperar sobre nuestro patrimonio: el petróleo,
el gas y los minerales pertenecen a todos los venezolanos y su explotación debe
traducirse en empleo digno, rescate de los servicios públicos y recuperación
del salario familiar. Abrirse al capital internacional con reglas claras y
transparentes es indispensable; lo que jamás puede ponerse en subasta es el
interés común ni la dignidad de la República.
Aquí es donde el engaño se
transforma en un negocio rentable. En medio del sufrimiento y la incertidumbre,
la indignación genera audiencia y la polarización fabrica seguidores. Agitar
pasiones y vender villanos resulta mucho más fácil que admitir equivocaciones o
construir propuestas viables. Así, la política degenera en un espectáculo
digital que asegura cuotas de visibilidad a unos pocos, pero deja intacta la
tragedia diaria. Mientras en las redes se libran batallas de odio fingido, en
la calle las familias hacen milagros para costear una medicina, sobrevivir con
ingresos de hambre o despiden con dolor a sus hijos en una nueva oleada
migratoria.
Ese drama tiene que parar. La
política no puede seguir secuestrada por consignas vacías, vanidades de redes
sociales ni tribunales digitales que linchan al que piensa por sí mismo. Un
pueblo agotado por años de sacrificios no merece ser utilizado como combustible
de disputas que nada resuelven. Venezuela necesita recuperar con urgencia la sensatez:
dialogar sin agredirse, competir sin aniquilar al adversario y construir
salidas propias con los pies en la tierra. La política solo recobrará su
nobleza cuando vuelva a estar al servicio de la persona y de la justicia
social, y no de las ambiciones de quienes buscan tutelarla. El verdadero
desafío es atreverse a pensar, dudar y disentir sin miedo, porque solo una
sociedad capaz de reflexionar antes de condenar estará en condiciones de
reconstruir su democracia.
Arturo Molina
@jarturomolina1
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jarturomolina@gmail.com
