ENTRE LA ENTREGA TUTELADA, LA FARSA DEL CRÉDITO Y EL DESPERTAR DE LA DIGNIDAD NACIONAL

 EL AGUIJÓN

ENTRE LA ENTREGA TUTELADA, LA FARSA DEL CRÉDITO Y EL DESPERTAR DE LA DIGNIDAD NACIONAL

Por Arturo Molina
Secretario Nacional para Asuntos Fronterizos de Soluciones para Venezuela

Venezuela vive hoy en un clima de permanente zozobra que estremece a quienes observan la realidad sin las vendas del fanatismo. Mientras algunos presentan la posibilidad de elecciones como si su sola convocatoria garantizara los cambios que la ciudadanía espera, otros negocian, bajo tutela externa, acuerdos que abren espacios a intereses ajenos en torno a nuestro petróleo y demás recursos estratégicos. Durante décadas nos hicieron creer que eran polos irreconciliables. Sin embargo, los hechos obligan a preguntarse si, más allá de sus enfrentamientos públicos, llevan años jugando la misma partida. Mientras un sector carga con el desgaste de sus propias culpas, el otro aguarda su turno sin cuestionar el fondo del asunto. Afuera fingen aborrecerse y alimentan el odio para mantener cautiva a la gente; adentro se acomodan, negocian y se reparten cuotas de poder.

Las señales del entendimiento son abrumadoras. La decisión de Estados Unidos de levantar las sanciones contra Jorge Rodríguez, anunciada el 14 de octubre, es un hecho político relevante en medio de las negociaciones. A ello se suma la decisión del Tribunal Supremo de Justicia de suprimir la competencia especial de los tribunales en materia de terrorismo, conocidos por sus críticos como «tribunales del terror». Se trata de un cambio institucional relevante, pero no resuelve por sí solo las denuncias sobre la utilización de esas instancias en procesos contra presos políticos ni sustituye la revisión de las causas y la restitución de derechos. La ciudadanía necesita garantías de que la justicia no volverá a utilizarse como instrumento de persecución política.

Mientras tanto, siguen pendientes explicaciones claras sobre el destino de Citgo, las decisiones relativas a su control, la situación de Monómeros y las responsabilidades relacionadas con aquella llamada «ayuda humanitaria», cuyo manejo merece una rendición de cuentas transparente. Tampoco basta con guardar silencio sobre las recompensas que el Gobierno estadounidense había anunciado contra determinados funcionarios venezolanos: es necesario explicar qué ha ocurrido con ellas y qué vigencia tienen hoy.

Durante mucho tiempo se negó que el país estuviera siendo subastado o que se pretendiera someterlo a intereses externos. Algunos llegaron a aplaudir la amenaza de una intervención militar, presentada como una «extracción». Hoy asistimos a una extracción de otra naturaleza: la de nuestro petróleo y nuestras riquezas minerales, bajo acuerdos cuyo alcance y beneficios para Venezuela deben explicarse con transparencia. Hubo quienes, para demostrar que podían entenderse mejor con el tutor externo, terminaron cediendo aquello que decían defender, sin advertir que esa conducta también los colocaba en una posición de humillación.

Pero este festín en las alturas convive con una realidad económica que golpea sin piedad al venezolano común. Aunque algunos indicadores registren crecimiento, eso no basta para hablar de normalidad: el deterioro de los ingresos y unos salarios de miseria siguen golpeando a los hogares venezolanos. A estas dificultades se suma la crisis eléctrica, que interrumpe las jornadas de trabajo, eleva los costos operativos y vuelve incierta la continuidad de la producción. Según cifras de Conindustria divulgadas en agosto, durante el segundo trimestre de 2026 las empresas manufactureras reportaron 214 horas sin suministro eléctrico de las 488 horas laborables del período, cerca del 44 %. Este dato revela la magnitud de un obstáculo que no solo afecta a los ciudadanos en sus hogares, sino también a quienes intentan mantener sus empresas en funcionamiento. No se puede aspirar a un crecimiento sostenido ni a un desarrollo real cuando producir depende de un servicio eléctrico inestable y de la capacidad de cada empresa para costear alternativas de generación.

La producción nacional difícilmente podrá consolidar una recuperación sostenida sin condiciones reales de financiamiento. La banca pública y la privada enfrentan restricciones que limitan el crédito productivo, y un encaje legal muy elevado reduce los recursos disponibles para prestar a quienes trabajan, invierten y producen en el país. Sin electricidad confiable y sin financiamiento suficiente, las posibilidades de crecimiento quedan seriamente comprometidas. Paradójicamente, mientras el crédito productivo sigue restringido, se promueven compras a plazos bajo el atractivo eslogan de «cero intereses». Estas ofertas merecen examinarse más allá de la publicidad: hay que revisar los precios, las comisiones y las condiciones del contrato, pues el anuncio no garantiza que el financiamiento sea realmente gratuito ni accesible. En un país de ingresos precarios, asumir compromisos que no se pueden pagar puede poner en riesgo el presupuesto familiar y hasta el bien adquirido. No es responsable alimentar expectativas de consumo sin advertir sus costos reales.

En medio de este panorama, se pretende convencer a quienes padecen estas dificultades de que las soluciones están servidas y llegarán por la tarde. Una de las contradicciones del proceso político quedó expuesta con la denuncia de María Corina Machado, quien afirma que Estados Unidos la excluyó de las negociaciones que se desarrollan en Caracas entre el Gobierno de Delcy Rodríguez y un sector de la oposición. Por su parte, el Departamento de Estado sostiene que la organización política de Machado, Vente Venezuela, fue invitada a participar. Esta diferencia entre ambas versiones obliga a preguntarse quiénes están decidiendo el rumbo de la transición venezolana, a quiénes representan y qué capacidad real tiene cada sector para influir en esas decisiones. No se trata de defender privilegios personales, sino de exigir claridad sobre la representación política y las garantías de un proceso que compromete el futuro del país.

La falta de información clara sobre el alcance de los acuerdos alimenta la desconfianza. ¿Será porque reconocer sus términos supondría asumir un alto costo político y poner en riesgo sus pretensiones de poder? Pareciera que creen que estamos ciegos y que carecemos de memoria histórica para recordar la abstención promovida en distintos momentos desde 2005, la promesa de hallar, en un plazo de seis meses, una salida constitucional para poner fin al gobierno de Nicolás Maduro, el «vamos bien, pero…» y el «el que se cansa pierde». La ciudadanía ha acumulado suficientes decepciones como para aceptar, sin preguntas, las promesas de quienes ayer le exigían confianza y hoy vuelven a pedirle paciencia.

Cuando alguien con criterio propio denuncia estas contradicciones, intentan desacreditarlo con etiquetas y arrebatos, exigiendo un respeto que ellos mismos les han negado a quienes excluyen de sus agendas. Son expresiones de lo antipolítico: prácticas que deterioran cuanto tocan y cierran el paso incluso a las iniciativas que intentan surgir. Todo esto ha profundizado la crisis de confianza en Venezuela y deteriorado la credibilidad de buena parte de sus dirigentes. Pero la responsabilidad no recae únicamente sobre quienes dirigen; también debemos preguntarnos por qué, después de tantos desprecios y burlas, una parte de la sociedad continúa atrapada en una dinámica que termina favoreciendo a quienes dice cuestionar. Mientras abajo nos empujan a confrontarnos, arriba negocian y acomodan sus intereses.

Aun así, no todo está perdido. Siempre hay tiempo para recapacitar, exigir responsabilidades y comprender que cada quien debe responder por sus decisiones. En Venezuela existen hombres y mujeres con pensamiento crítico y dignidad que no levantan la bandera de la confrontación estéril ni buscan descalificar a los demás para obtener prebendas particulares. Tampoco están dispuestos a aceptar que las riquezas nacionales se negocien a espaldas de los ciudadanos y sin garantías claras de que sus beneficios se traduzcan en bienestar para el país. Son hombres y mujeres que entienden la política como un servicio y asumen como propia la responsabilidad de trabajar por el desarrollo nacional desde los gremios, la academia, el campo, la empresa y la comunidad. Esa visión no tiene al odio como arma de lucha; apuesta por la convivencia, el respeto ciudadano, el nacionalismo constructivo y la libre elección de los representantes, sin subordinación a dogmas imperialistas ni renuncia a la soberanía nacional.

Venezuela es tierra de bendiciones, pero sus posibilidades no se materializarán por obra de acuerdos opacos ni de promesas repetidas. Sobre los hombros de una ciudadanía consciente, comprometida con la dignidad y dispuesta a ejercer su pensamiento crítico, podrá renacer una patria asentada en los valores que nos definen como nación y en un Estado al servicio de su gente.

Arturo Molina

@jarturomolina1

www.jarturomolina1.blogspot.com

jarturomolina@gmail.com

 

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