HORIZONTES TUTELADOS Y FALSAS SALIDAS

 EL AGUIJÓN

HORIZONTES TUTELADOS Y FALSAS SALIDAS

LA ENCRUCIJADA VENEZOLANA HACIA AGOSTO 2026.

Por: Arturo Molina.

Venezuela vuelve a situarse frente a una de esas fechas que prometen marcar un antes y un después. El próximo primero de agosto ha sido presentado por diversos actores nacionales e internacionales como el inicio de una nueva etapa política. Sin embargo, cuando se disipa el entusiasmo de los anuncios, comienzan a surgir preguntas que todavía no encuentran respuestas convincentes. ¿Estamos realmente ante el comienzo de una transición democrática o frente a una nueva fórmula para administrar una crisis que ya supera dos décadas?

Las dudas no son menores. Se habla de un proceso impulsado desde Washington, acompañado por pronunciamientos de altos funcionarios de la diplomacia estadounidense, entre ellos el secretario de Estado Marco Rubio. Pero más allá de los anuncios, aún persisten interrogantes fundamentales: ¿cuál será la arquitectura institucional de esa transición?, ¿quién ejercerá realmente el poder?, ¿qué papel tendrán los ciudadanos en las decisiones que definirán el futuro del país? Una transición no puede medirse únicamente por la voluntad de quienes la promueven, sino por la legitimidad de sus instituciones y por la confianza que logre despertar en la sociedad.

Desde esta perspectiva, resulta razonable preguntarse si el objetivo inmediato consiste en propiciar una transformación democrática profunda o, más bien, en reducir las tensiones políticas mientras se preservan determinados equilibrios estratégicos. No sería la primera vez que una crisis nacional es administrada antes que resuelta. La estabilidad puede ser necesaria, pero nunca debería confundirse con la democracia.

Entre las versiones que circulan destaca la posibilidad de crear un mecanismo extraordinario integrado por representantes de la Asamblea Nacional electa en 2015 y de la Asamblea Nacional instalada en 2025. Si ese esquema llegara a materializarse, abriría un complejo debate constitucional. ¿Cuál sería entonces el papel de la actual Asamblea Nacional? ¿Bajo qué fundamento jurídico operaría ese nuevo órgano? ¿Quién definiría sus competencias y la duración de su mandato? Las constituciones existen precisamente para evitar que los momentos de mayor incertidumbre se conviertan en una excusa para sustituir las reglas por acuerdos circunstanciales. Cuando las excepciones terminan reemplazando al orden constitucional, la seguridad jurídica comienza a debilitarse y la confianza ciudadana se erosiona aún más.

Algunos sostienen que cualquier mecanismo que contribuya a disminuir la confrontación política merece una oportunidad, aun cuando implique fórmulas institucionales extraordinarias. Esa posición merece ser escuchada. Venezuela necesita entendimiento y acuerdos. Sin embargo, también es legítimo preguntarse si una transición construida al margen de amplios consensos ciudadanos podrá ofrecer una solución duradera o si terminará prolongando la incertidumbre bajo nuevas formas.

El contexto en el que surge esta discusión tampoco puede ignorarse. Durante más de dos décadas, el proyecto político impulsado por el oficialismo concentró poder, debilitó los contrapesos institucionales y profundizó una crisis económica y social sin precedentes en la historia contemporánea del país. El deterioro de los servicios públicos, la emigración masiva, la pérdida del poder adquisitivo y el debilitamiento del Estado de Derecho son parte de una realidad ampliamente documentada por organismos nacionales e internacionales.

Pero sería igualmente injusto atribuir toda la responsabilidad a un solo sector. Buena parte de la oposición tampoco logró construir una alternativa capaz de mantener unida la esperanza de los venezolanos. Las divisiones internas, las estrategias cambiantes y las controversias relacionadas con la administración de activos venezolanos en el exterior deterioraron la confianza ciudadana y alimentaron la percepción de que, con demasiada frecuencia, las disputas por espacios de poder terminaron desplazando la construcción de un verdadero proyecto nacional.

Mientras dirigentes nacionales e internacionales negocian fórmulas políticas, millones de venezolanos continúan enfrentando problemas mucho más urgentes: recuperar su capacidad de compra, encontrar empleo, garantizar la educación de sus hijos, acceder a servicios públicos dignos o reencontrarse con familiares que emigraron. La transición que realmente espera la sociedad no se limita a un cambio de nombres en las instituciones; aspira a recuperar condiciones de vida, estabilidad y oportunidades.

En medio de ese escenario existen liderazgos comunitarios, gremiales, académicos y sociales que rara vez ocupan los titulares. Son dirigentes que permanecen cerca de las necesidades cotidianas de sus comunidades y que, pese al desgaste generalizado de la política, continúan organizando iniciativas locales, promoviendo soluciones y manteniendo viva la participación ciudadana. Allí podría encontrarse una de las principales reservas democráticas del país.

La historia latinoamericana ofrece una enseñanza recurrente: las transiciones construidas exclusivamente mediante acuerdos entre élites suelen enfrentar enormes dificultades para consolidarse cuando la ciudadanía queda relegada a un papel secundario. La estabilidad política puede alcanzarse temporalmente, pero la legitimidad democrática requiere algo más profundo: instituciones creíbles, participación efectiva y confianza social.

Desde luego, tampoco puede ignorarse la dimensión geopolítica de la crisis venezolana. Su posición estratégica, sus reservas petroleras, gasíferas y minerales, así como la competencia internacional por recursos considerados esenciales para la economía global, convierten al país en un espacio de interés para múltiples actores. Como ocurre con cualquier potencia, Estados Unidos combina objetivos de seguridad, intereses económicos y consideraciones políticas en el diseño de su política exterior. Precisamente por ello, corresponde a los venezolanos analizar con espíritu crítico hasta qué punto esos intereses coinciden con las necesidades de la nación.

Por esa razón, cualquier proceso de transición debería responder, en primer lugar, al interés nacional. La cooperación internacional puede ser valiosa, pero nunca debería sustituir la capacidad de los venezolanos para definir su propio destino. Ninguna democracia sólida puede edificarse sobre decisiones percibidas como ajenas por la sociedad que pretende representar.

El primero de agosto puede convertirse en el inicio de una oportunidad o en el comienzo de una nueva frustración. Todo dependerá de la transparencia del proceso, del respeto a la Constitución, de la inclusión de los distintos sectores sociales y, sobre todo, de la voluntad de construir instituciones legítimas y sostenibles en el tiempo.

La historia demuestra que las repúblicas no desaparecen de un día para otro. Se debilitan cuando los ciudadanos dejan de creer que sus decisiones tienen valor y cuando las instituciones pierden la capacidad de representar el interés colectivo. Ningún país recupera plenamente su democracia porque otros diseñen su futuro desde una mesa de negociación. La recupera cuando su propia sociedad asume nuevamente la responsabilidad de construirla.

Venezuela necesita cooperación internacional, pero no tutela; necesita acuerdos políticos, pero no repartos de poder; necesita instituciones legítimas, pero, por encima de todo, ciudadanos capaces de reconstruir la confianza en la República. Porque las transiciones pueden negociarse, pero las democracias solo perduran cuando nacen de la voluntad libre de sus pueblos.

 

Arturo Molina

@jarturomolina1

www.jarturomolina1.blogspot.com

jarturomolina@gmail.com

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