EL AGUIJÓN
CUANDO LA TIERRA TEMBLÓ, VENEZUELA RESPONDIÓ.
Por: Arturo Molina.
La
tarde del 24 de junio de 2026 quedará marcada para siempre en la memoria del
país. Dos sismos de gran magnitud —7,2 y 7,5 grados— sacudieron Venezuela con
apenas segundos de diferencia, y desde entonces la tierra no ha dejado de
moverse. Las réplicas, constantes, oscilan entre los 3,5 y los 5 grados,
manteniendo en vigilia permanente a los habitantes de las zonas más afectadas.
Van
varias noches en que miles de venezolanos duermen vestidos. No por costumbre,
sino por miedo a que la tierra volviera a rugir y terminara lo poco que quedaba
en pie. Muchos prefirieron pasar las noches en plazas, calles o
estacionamientos, mirando al cielo, aferrados a una sola esperanza: que el alba
trajera vida. Pero para muchas familias, la luz del día llegó acompañada de
cifras que estremecen. Los datos son tan dolorosos como contundentes:
desaparecidos, fallecidos, familias enteras que aún no aparecen. Nombres que se
repiten en listas improvisadas, rostros que no regresan. Hay quienes no
duermen, no comen, no descansan, porque su única urgencia es encontrar a los
suyos.
Los
terremotos no solo derribaron edificios, puentes y carreteras. También dejaron
hogares vacíos, abrazos inconclusos y un país entero suspendido frente al dolor
de quienes siguen buscando a un hijo, una madre, un hermano o un amigo entre
los escombros. Hay madres que sostienen una fotografía mientras observan en
silencio el montón de concreto donde, horas antes, se levantaba un edificio.
Mientras exista la más mínima posibilidad de escuchar una voz bajo los
escombros, la esperanza sigue latiendo. Con lágrimas en los ojos rezan,
suplican, negocian con Dios. Pero no todos los encuentros terminan como se
desea. Muchos se enfrentan a la realidad más dura: la muerte. Y, aun así, en
medio de ese golpe devastador, persiste una voluntad casi inexplicable de
seguir buscando, de seguir ayudando, de no rendirse. Porque todos los quieren
vivos. Porque nadie está preparado para despedirse así.
Mientras
unos remueven concreto con sus propias manos buscando sobrevivientes, otros
preparan alimentos para quienes lo perdieron todo. Médicos y enfermeras
permanecen en los hospitales sin mirar el reloj, atendiendo no solo heridas
físicas, sino también el impacto emocional de una tragedia que desborda.
Bomberos, rescatistas, funcionarios de Protección Civil, policías, militares,
ingenieros y voluntarios trabajan sin descanso, conscientes de que cada minuto
cuenta. A ellos se suman los héroes anónimos: el vecino que se convierte en
rescatista, las madres que organizan ollas comunitarias, los jóvenes en centros
de acopio, los transportistas que llevan ayuda sin cobrar un bolívar y los
caninos que, con su olfato incansable, se convierten en los últimos guardianes
de la esperanza.
Cada
bloque removido esconde dos posibilidades: un milagro o una despedida. Ese es
el rostro de Venezuela. No el de la desesperanza que tantas veces se intenta
imponer, sino el de un pueblo que, incluso quebrado, decide sostenerse
mutuamente. En ese esfuerzo también emergen las heridas invisibles: el llanto
de los niños que ya no se sienten seguros sobre la tierra que pisan, y la
mirada perdida de quienes ven colapsar el trabajo de toda una vida. Escribo
estas líneas con lágrimas en los ojos, porque por encima de cualquier análisis
está el dolor humano, el deseo profundo de que esta pesadilla termine y de que
quienes hoy sufren puedan encontrar algo de alivio. Acompañar ese miedo,
validar ese duelo, también es reconstruir.
La
solidaridad no se detuvo en nuestras fronteras. Los venezolanos recibimos con
gratitud a los países que extendieron su mano: México, España, República
Dominicana, El Salvador, Estados Unidos, Francia, Rusia, Catar y todas las
naciones que ofrecieron apoyo, así como a las Naciones Unidas, la Cruz Roja y
cada organización desplegada. En medio de la tragedia, la empatía se convierte
en un idioma común. Toda crisis revela lo mejor, pero también lo más bajo de la
condición humana. Mientras muchos arriesgan su vida para salvar a otros,
algunos intentan aprovecharse del caos o banalizan el sufrimiento desde la
distancia. No merecen mayor atención. El dolor ajeno no es espectáculo.
Hemos
sobrevivido a pruebas que parecían insuperables y hoy enfrentamos una nueva. No
la elegimos, pero sí decidimos cómo responder. La historia no recuerda solo las
tragedias, sino la dignidad con la que los pueblos se levantan. Vendrán días
difíciles y habrá heridas que no cerrarán del todo. Por eso será crucial que
esta ola de apoyo no desaparezca cuando la emergencia deje de ser noticia. Se
reconstruirán carreteras, edificios y escuelas. Pero hay algo que ninguna
maquinaria puede reparar si se pierde: la capacidad de un país para cuidar a
los suyos.
Cuando en el futuro los niños pregunten qué ocurrió en junio de 2026, ojalá la respuesta no se limite a la magnitud del desastre. Que se cuente que, entre los escombros, surgió lo mejor de nosotros. Que mientras algunos perdían sus hogares, otros abrían los suyos. Que la tierra se quebró, sí, pero el pueblo venezolano se mantuvo en pie. Porque los terremotos pueden derribar muros y puentes, pero la solidaridad —esa fuerza callada y terca— es lo que siempre levanta naciones.
Arturo Molina.
@jarturomolina1
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jarturomolina@gmail.com
