EL AGUIJÓN
ENTRE ESCOMBROS Y FALSOS MESÍAS: EL RENACER DE
LA REPÚBLICA.
Por: Arturo Molina.
Hoy, los
cimientos de Venezuela se estremecen en dos frentes: el físico, fuertemente
golpeado por la furia de la naturaleza, y el político, irremediablemente
fracturado por el colapso de las falsas promesas de salvación extranjera. La
nación atraviesa horas de luto por los dos terremotos del pasado 24 de junio,
eventos que han desnudado nuestra vulnerabilidad ante la fuerza telúrica, pero
que también han servido como epicentro de una sacudida política que agrieta de
forma irreversible las ilusiones de un mesianismo insostenible. Durante meses,
un sector radical de la oposición vendió la narrativa ilusoria de que la
libertad llegaría en un acto de extracción orquestado desde afuera, depositando
el destino del país en manos de potencias extranjeras. Hoy, esa narrativa se
desmorona con la misma violencia que las placas tectónicas, al quedar en
evidencia cómo desde esos mismos centros de poder internacional asumen
groseramente decisiones que solo corresponden a los venezolanos. Este desenlace
nos arroja a una dura realidad: las decisiones que marcan nuestro rumbo no son
nuestras, vienen dictadas desde el extranjero; y operan, sin duda alguna, bajo
el amparo de acuerdos con quienes hoy llevan las riendas del poder en
Venezuela, actores que, al final del día, terminan siendo fichas movidas por
esos mismos intereses foráneos. Todo esto, aunque amargo para muchos, estaba
escrito desde el momento en que se aplaudió la violación de nuestra soberanía,
ignorando que el interés foráneo siempre estuvo anclado a los inmensos recursos
naturales que la geografía le otorgó a la patria de Bolívar.
Ese espejismo de rescate internacional fue alimentado por
la desesperación genuina de un pueblo sometido al mayor deslave social y
económico de nuestra historia contemporánea. Hoy, en las comunidades y hogares,
los ciudadanos debaten la tristemente célebre propuesta de las «tres fases» que
el gobierno de los EE. UU. manifestó como bases fundamentales para una
transición. Lo que llama poderosamente la atención —y genera un profundo
rechazo— es ver a actores políticos de relevancia en la oposición apoyando esta
desfachatez, una hoja de ruta dirigida a destruir el contenido de nuestra
Constitución Nacional. Al entrar en el terreno de la promoción de esa
caricatura, terminaron apoyando a una potencia que abiertamente decide quién
puede hablar, moverse e incluso quién entra y sale del territorio venezolano.
Así de sencillo y humillante. Por supuesto, he escuchado a muchos decir que
nuestra soberanía ya venía siendo violentada por otros países y grupos
irregulares, y eso es una realidad innegable. Fue permitida por el propio
gobierno nacional que hoy sigue al frente de las riendas del país, bajo
acuerdos oscuros que entregan los recursos naturales renovables y no renovables
—propiedad de los venezolanos— para ser apropiados por la clase gobernante de
turno. He combatido abiertamente a quienes, escudados bajo la llamada
revolución del siglo XXI, instauraron este modelo que saqueó las arcas públicas
y vació las mesas de los hogares. Sin embargo, no podemos engañarnos: el
colapso de nuestra infraestructura y el empobrecimiento sistemático no nacieron
de un decreto extranjero, sino de una estructura gubernamental carcomida por la
corrupción.
Ahora,
cuando el juego al que apostaron los amos de la polarización no les da
resultado, vienen los lloriqueos a través de discursos donde se presentan como
víctimas del engaño. Nunca le han hablado con la verdad a los venezolanos. Les
crearon una falsa expectativa y el costo que se está padeciendo es altísimo:
una inflación galopante, una devaluación del bolívar que no tiene techo y la
frustración que hace mella en una población agotada de la mentira y la
manipulación. A eso se ha llegado, y es así como se entiende por qué siguen
gobernando los mismos que destrozaron el país. Gobierno y extremismo opositor
son el reflejo de las mismas perversidades, solo que se cubren con el manto de
la oveja. Resulta insólito ver cómo, tras la desfachatez de apoyar las fulanas
tres fases y clamar por una invasión, ahora pretenden venir con la narrativa
farsante de exigir que se cumpla la Constitución, atacando a los mismos a
quienes les suplicaron que invadieran el país. ¿La respuesta del invasor? Un
frío: "estamos
cobrando nuestro dinero". Así nos agreden de forma permanente.
En medio de este caos, se busca desesperadamente a un outsider
para "salvar" la república y alcanzar una supuesta estabilidad. La
verdad es que nunca antes se había sentido tanta inestabilidad como ahora. No
les salió bien la jugada a quienes abrieron las puertas ni a quienes llamaron a
esa intervención. Se puede decir, sin ánimo de confrontación, que nunca antes
se había sentido tan abiertamente la exclusión y el racismo como se percibe
hoy. Sin embargo, muchos, desde la ignorancia o el desespero, aplauden el
fulano "estado 51", que no es otra cosa que una nueva colonización.
Estas realidades están haciendo estragos en el nacionalismo y en el sentido de
pertenencia necesario para defender la República. No hay un interés real en
restituir el sistema de libertades; solo crean expectativas para poner a los
ciudadanos como carne de cañón, invitándolos a tomar las calles. Son estos
personajes quienes ven en la ignorancia el arma perfecta para destruir a los
pueblos y seguir agazapados para que no se les termine el negocio acordado
sobre la base del hambre y la miseria.
Alguien dijo recientemente por los pasillos de los
cuartos oscuros —esos lugares donde se generan las reuniones para los acuerdos
mezquinos, racistas y xenofóbicos— que "mientras
más pretenden aclarar la estupidez que cometieron, más se les oscurece el
panorama, y las verdades terminan golpeando a las medias verdades
esgrimidas".
Dejar constancia de esta realidad frente a la historia es un imperativo ineludible. Venezuela reclama de sus hijos coherencia y sentido nacionalista, algo que hoy brilla por su ausencia en las cúpulas. La vida me ha permitido experimentar las profundas grietas que el sistema colectivista deja en el tejido social, pero también me ha enseñado que la respuesta no habita en las antípodas de la derecha radical. Desde una visión de centro-izquierda, sostengo que todo extremismo es nocivo porque cierra las puertas al entendimiento social. Reconstruir este país requiere una sobriedad y una transparencia que el fanatismo desconoce. Venezuela debe ser gobernada por quienes comprendan este momento histórico, asumiendo la división de poderes y la autonomía institucional como pilares innegociables. La reconstrucción no vendrá en aviones extranjeros, ni nacerá de las ruinas de la intolerancia; nacerá del voto, de la recuperación del tejido republicano, de la organización ciudadana en cada región, y de la terca voluntad de quienes nos negamos a entregar el país a los extremismos.
Arturo
Molina.
@jarturomolina1
www.jarturomolina1.blogspot.com
jarturomolina@gmail.com
