MÁS ALLÁ DE LOS ESCOMBROS: EL SISMO NATURAL QUE DESNUDÓ NUESTRA FALLA ESTRUCTURAL.

 EL AGUIJÓN

MÁS ALLÁ DE LOS ESCOMBROS: EL SISMO NATURAL QUE DESNUDÓ NUESTRA FALLA ESTRUCTURAL.

Por: Arturo Molina

Aún bajo el peso de la incertidumbre y el luto colectivo que nos embarga, la vida se empeña en abrirse paso. Las imágenes de ciudadanos rescatados con vida, incluso dos semanas después de que la tierra temblara con furia implacable, nos han devuelto el aliento de forma momentánea. Estos instantes de esperanza son el reflejo de un instinto de supervivencia inquebrantable y del esfuerzo incansable de quienes, movidos por la solidaridad más pura, se negaron a rendirse. En medio de una tragedia que ha trastocado tantas vidas, estas noticias son un bálsamo profundamente humano para un país que observa los acontecimientos con el corazón en vilo.


Sin embargo, a medida que el polvo se asienta y la atención inmediata da paso a la cruda realidad de los damnificados, emerge un panorama que exige una mirada mucho más profunda. El sismo sacudió nuestra geografía, es cierto, pero, sobre todo, terminó de resquebrajar una estructura social y económica que ya venía profundamente agrietada. El dolor de perder el único refugio familiar se magnifica cruelmente en un entorno de fragilidad prolongada, una realidad que se vive con una crudeza aún mayor en nuestras regiones y provincias, donde el desgaste de la calidad de vida y de los servicios ha sido una constante implacable.


Como bien advierten las academias y los expertos en sociología del riesgo, el desastre rara vez es puramente natural; lo natural es el fenómeno físico. El verdadero desastre es la materialización de una vulnerabilidad acumulada con el tiempo. Las viviendas que cedieron no solo cayeron por el movimiento tectónico, sino por el peso de la autoconstrucción forzada, la falta de planificación urbana y un empobrecimiento sostenido. Pretender entender este evento únicamente a través de la escala de Richter es un enfoque incompleto y profundamente injusto con quienes hoy sufren.


En este contexto, la lentitud o los vacíos en la atención inicial no surgen de la falta de voluntad de los rescatistas que están en el terreno dejándolo todo, sino que son el síntoma innegable de un aparato estatal mermado. La capacidad para gestionar crisis requiere prevención, tecnología y un capital humano que han sufrido un desgaste profundo previo a la emergencia. El sismo no solo desnudó la precariedad de los cimientos habitacionales, sino también las graves grietas de nuestra institucionalidad.


A esta compleja ecuación se suma la economía del trauma y la crisis de la verdad. En medio de la fragilidad, proliferan los rumores y las cifras tergiversadas en las redes sociales, creando un acertijo diario que agrava la angustia ciudadana. La paciencia de la gente se encuentra en un punto crítico. Por ello, la verdadera ética pública, en momentos de vulnerabilidad extrema, exige a todos los actores abstenerse de instrumentalizar el dolor ciudadano para cálculos políticos. Pretender sacar provecho de la catástrofe solo causa un daño irreparable al ya lastimado tejido social de la nación.


Frente a este panorama, las vidas rescatadas de entre los escombros nos recuerdan la fuerza indomable de la solidaridad ciudadana frente a la adversidad. El momento histórico exige de toda la dirigencia una postura de absoluta madurez y seriedad. La reconstrucción no puede ser un esfuerzo improvisado; debe apoyarse en la ciencia, las universidades y el rigor técnico. Al final, el desafío histórico no se limitará a levantar paredes de bloques y cemento, sino a reconstruir un Estado capaz de proteger a sus ciudadanos, antes de que el próximo sismo, natural o social, termine por derrumbar la poca paciencia que nos queda.


Arturo Molina.

@jarturomolina1

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jarturomolina@gmail.com

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