EL AGUIJÓN
SE JUBILA EL CARGO, JAMÁS LA DIGNIDAD.
Por:
Arturo Molina
Secretario Nacional para Asuntos Fronterizos de Soluciones para Venezuela.
Hay luchas
que no deberían existir en un país que aspire a respetar a quienes han dedicado
buena parte de su vida a servir, y la de los educadores jubilados es, sin duda,
una de ellas. Durante décadas, miles de hombres y mujeres estuvieron frente a
un pizarrón, atravesaron ríos, quebradas y montañas para llegar hasta donde un
niño necesitaba aprender. Lo hicieron, muchas veces, lejos de las comodidades
urbanas, convencidos de que allí donde hubiera un venezolano necesitado de
educación, debía estar un maestro. Fueron orientadores, referentes y, en
numerosas ocasiones, el único profesional presente en las comunidades más
alejadas. Enseñaron a leer, a investigar y a pensar; demostrando que educar no
consiste en memorizar, sino en comprender la realidad, hacerse preguntas y,
sobre todo, no permitir que el pasado se convierta en una condena, sino en una
fuente de aprendizaje.
Hoy, esos
mismos educadores deben salir a la calle para reclamar derechos y
reivindicaciones legítimamente adquiridos. Este problema forma parte de una
realidad nacional más amplia, pero con una particularidad ineludible: el
educador jubilado ya entregó sus años de servicio; no reclama la posibilidad de
comenzar una carrera, sino el reconocimiento digno de aquello que construyó. Los datos aportados por diferentes canales de información confirman
tales apreciaciones: mientras la canasta alimentaria familiar para cinco
personas se ubicó en 755,36 dólares en agosto de 2026, según el Cendas-FVM, las
pensiones base no superan los dos dólares mensuales.
Desde 1999,
Venezuela ha vivido una profunda transformación política y social. Sin embargo,
después de más de dos décadas de hegemonía de la llamada Revolución
Bolivariana, el balance institucional deja una enorme deuda pendiente con el
magisterio. El Estado que durante años proclamó la defensa del trabajador no
puede hoy desconocer a quienes ya cumplieron su ciclo. Una gestión pública
responsable debe comprender que el jubilado no es una carga administrativa, ni
un objeto de discursos políticos, ni alguien a quien se escucha únicamente
cuando protesta. No se trata de pedir privilegios ni compasión, se trata de
garantizar derechos. El respeto a una vida de trabajo no puede depender de la
voluntad de un funcionario, ni de la fuerza que le quede en las piernas a un
anciano para permanecer horas en una concentración.
Por eso,
este reclamo trasciende a los jubilados de hoy y alcanza a los educadores
activos, quienes necesitan saber que su entrega no será olvidada mañana; de lo
contrario, se debilita la confianza en el valor de la propia carrera docente.
Puede mermar la vitalidad física, pero una vocación ejercida durante décadas no
desaparece con el retiro: la experiencia y la memoria permanecen, constituyendo
un capital humano que el país todavía necesita. Venezuela no puede
acostumbrarse a ver a sus maestros exigiendo en el asfalto aquello que debería
ser atendido por instituciones eficientes. Gobernar también es hacer justicia
con quienes ya cumplieron su parte. Venezuela es tierra, agua, viento y
esperanza; pero, sobre todo, es su gente. Y esos hombres y mujeres todavía
tienen mucho que decirle al país, porque se jubila el cargo, se jubila la
nómina y se jubila la obligación. La dignidad, jamás.
Arturo
Molina
@jarturomolina1
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jarturomolina@gmail.com
